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| INNOVA SANTANDER | Domingo, 13 de Septiembre de 2009 | |||
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En un mundo en el que cada vez tenemos más prisa para todo, los hábitos de alimentación se han visto seriamente perjudicados por una cultura de platos precocinados, comida rápida y demás fórmulas que poco contribuyen a la adquisición de unas costumbres sanas. Para luchar contra esta situación, entre otros cometidos, nace el movimiento Slow Food, cuyo nombre, comida lenta, es una clara declaración de intenciones y de plantar cara al Fast Food. Fundada en 1986 en Italia, esta iniciativa aboga por disfrutar de la alimentación y dar a cada producto la importancia que se merece. Este cuidado en la comida no es más que una manera más de afrontar la vida, si la primera se obtiene de forma pausada, cuidada y respetuosa, la segunda irá en consonancia. Como filosofía de vida los defensores del Slow Food apuestan por disfrutar de las recetas y los sabores, reconociendo la variedad de lugares en que se producen y respetando el ritmo y el tiempo que lleva obtener cada alimento de manera natural. Por ello tienen en su catálogo de objetivos una serie de actuaciones que son, al mismo tiempo, los principios por los que se rige la forma de vida de sus miembros. A grandes rasgos, se puede decir que éstos se basan en la protección de los productos naturales, las tradiciones gastronómicas y el fomento de un consumo responsable y cuidado. La unión de todos los elementos que intervienen en la creación o forma de cocinar un alimento es el aspecto sobre el que ponen el acento los defensores del Slow Food, ya que para ellos, al considerar un producto gastronómico, lo relacionan automáticamente con su historia, ambiente y espacio en el que se originó. De hecho, la idea que subyace en esta iniciativa no es otra que conjugar el placer de comer con el respeto y la responsabilidad a la hora de hacerlo, tanto hacia la cultura en la que se inserta como hacia el método de obtenerlo. Es la llamada ecogastronomía. El caracol, símbolo de unión Por su lentitud al desplazarse y la calma con la que lo hace, los impulsores de este movimiento eligieron al caracol como símbolo de lo que querían expresar: tomarse las cosas con calma, empezando por la alimentación. La misma idea que han querido transmitir con su denominación, Slow Food. La asociación, sin ánimo de lucro, se fundó en la ciudad italiana de Bra, hogar de su impulsor, Carlo Petrini. La zona es famosa por sus vinos, trufas blancas, quesos y carnes de bovino. Una auténtica gama de productos tradicionales perfecta para promover una iniciativa de este tipo. No obstante, el movimiento en sí, con la nomenclatura actual, surgió en París en 1989, año en que se firmó su manifiesto. En la actualidad, la entidad cuenta con más de ochenta mil inscritos, con sede en seis países y adheridos procedentes de 104 naciones. Se agrupa en torno a pequeñas sedes locales llamadas convivium. Hay cerca de ochocientos espacios de este tipo en el mundo, entre ellos, más de 25 pertenecientes a España. Cantabria entrará a formar parte de esta familia en próximas fechas a través de un nuevo convivium, impulsado por la comarca de los Valles Pasiegos. Adherirse al movimiento Slow Food abre la posibilidad a toda persona que esté interesada en su movimiento de adherirse a él. Esta acción puede llevarse a cabo a través de su página web oficial, en la que, tras seleccionar el convivium al que quiere asociarse, basta con rellenar el formulario que parece en la pantalla y enviarlo.
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