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| Los beneficios de saber vivir despacio |
| INNOVA SANTANDER / CITTA SLOW | Domingo, 11 de Octubre de 2009 | |||
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Parece que nuestras ciudades nunca duermen, están en constante movimiento. Y se mueven rápido, muy rápido. Tanto es así que, aunque no paran de evolucionar, las personas que viven en ellas apenas perciben los cambios, los asumen como naturales antes de preguntarse qué ha pasado. No hay tiempo para ello. Porque en nuestra sociedad nadie pisa el freno: ni los territorios, ni los ciudadanos. Pero no todo el mundo está de acuerdo con esta filosofía de vida, los promotores del Slow Movement, una iniciativa mundial que apuesta por ir más despacio a todos los niveles, aboga porque se produzca una desaceleración. Impulsores del famoso movimiento Slow Food como vía para luchar contra la comida rápida, no se han quedado sólo en la gastronomía y han creado un auténtico catálogo de iniciativas que afectan a todas las áreas de nuestra existencia. Es el caso de las Slow Cities, o ciudades lentas, donde no se reside, se vive. Este matiz, que puede parecer una expresión lingüística sin más valor, en realidad, esconde muchas características y significados. Así lo aseguran los promotores de este movimiento. Sello de identidad El movimiento Slow City está planteado y desarrollado para que las ciudades que se integren en él se articulen como una gran comunidad. Hasta cuenta con un sello de identidad que se otorga a las ciudades que entran a formar parte de él. Y para estar dentro no basta con lavar la cara a una localidad, hay que cumplir una serie de requisitos. En primer lugar, las candidatas han de ser ciudades con menos de 50.000 habitantes y no pueden ser capitales. Además, hay que atender a las cuestiones recogidas en el manifiesto del movimiento, que contiene más de cincuenta puntos agrupados en torno a seis categorías. Éstas están relacionadas con la legislación medioambiental, la infraestructura política, la calidad urbana, la producción local, la hospitalidad con los visitantes y el conocimiento sobre las actividades de la localidad. Una vez que se obtiene la denominación de ciudad lenta, la localidad recibe el sello, compuesto por la figura de un caracol, y periódicamente recibe la visita de los inspectores del movimiento, encargados de comprobar que se cumple con las premisas del Slow City. Motivación Los impulsores de las ciudades lentas tienen un objetivo claro: conseguir que sus habitantes aparquen las prisas y disfruten de lo que les rodea. Y no es fácil introducir esta cultura en las mentes de las personas. Sobre todo, porque hoy en día, hacer las cosas despacio parece sinónimo de vagancia, lentitud, dejadez. Las ciudades son como una jungla, con estrictos horarios y reglas de juego. Es para pararse a pensarlo, pero, nuevamente, no hay demasiado tiempo. Por todo ello, la transición de un territorio hacia una Slow City no es nada sencilla, requiere un compromiso desde todos los ámbitos que dan forma y vida a una ciudad. Tras este trabajo, aseguran los promotores del Slow City, sólo queda disfrutar de los beneficios de ser una ciudad lenta, que inciden tanto en el territorio como en el ciudadano que vive en él. Se presta más atención al cuidado del medio ambiente, se fomentan los espacios al aire libre, se impulsa una cultura que defiende lo propio y extiende el conocimiento sobre el valor local. En definitiva, se crea una filosofía de vida en la que el entorno es una parte crucial.
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