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| La importancia de una infancia sin prisas |
| A. G. POLAVIEJA SANTANDER | Domingo, 25 de Octubre de 2009 | |||
A día de hoy es común encontrar niños y niñas con un ritmo de vida más propio de la edad adulta que de la infancia. Cada vez es más normal ver casos en que los más pequeños se ven abocados a cumplir con agendas repletas de actividades extra escolares que apenas les dejan tiempo para otra cosa que no sea preparase para el futuro que sus padres quieren para ellos. Clases de idiomas dos veces por semana, dos días de entrenamiento y uno de competición, lecciones de solfeo y práctica con el instrumento, dibujo. Ésta es la realidad de muchos de los niños y niñas de nuestro alrededor. Se trata de una situación paradójica en la que los padres, que aspiran a conseguir lo mejor para sus hijos, que tratan día a día de que éstos vivan la infancia perfecta y, por ende, la vida perfecta, no caen en la cuenta de que frecuentemente su actitud produce consecuencias frontalmente contrarias a su aspiración original. Así ocurre que, a menudo, el carácter y las aspiraciones de los niños acaban soterrados por las pretensiones de sus propios padres. Este fenómeno se produce debido a la mentalidad de los progenitores, que a menudo no son capaces de alcanzar un equilibrio entre las directrices que regulan la educación de sus hijos y la rigidez con que éstas son aplicadas. Por ello, el número de niños con algún tipo de estrés ha aumentado sensiblemente en los últimos años. De ello deriva el aumento de casos de niños con obesidad infantil, con bajo rendimiento escolar o algún tipo de trastorno en su conducta. Como respuesta a esta situación, característica de la sociedad moderna y del asfixiante ritmo de vida impuesto por la actual dinámica social, el movimiento Slow incorpora dentro de su catálogo de iniciativas el Slow Parenting y el Slow School, que llaman la atención sobre el traslado de actitudes de padres estresados por su asfixiante ritmo de vida hacia sus hijos. Una postura equilibrada En una sociedad ávida de logros, de éxitos, de victorias de uno mismo sobre el resto, muchos padres se están empezando a dar cuenta de que trasladar a sus hijos semejantes actitudes es algo nocivo, de que, en realidad, lo más importante es que los niños puedan demostrar quiénes son y cómo son, restado importancia al cómo pretenden sus padres que sean. Muchos padres han percibido que no pueden plantear la infancia de sus hijos como una competición o un producto, porque se trata, en última instancia, de un viaje, no de un proyecto que dependa únicamente de los resultados. El Slow Parenting apuesta por reconsiderar el modelo educacional que se emplea con los más pequeños en la sociedad actual. Y tiene su lógica: padres que en su día fueron hijos, y que se descubren atados a un ritmo de vida un tanto antinatural, que genera estrés y que desemboca en una conciencia difusa del transcurso de sus propias vidas, deciden, en un instante dado, que no quieren semejante situación para sus propios hijos, máxime cuando los propios padres son los principales responsables de que dicho patrón se traslade a sus descendientes. Lejos de lo que pueda parecer, tampoco se trata de adoptar una actitud de permisividad total para con la prole, porque tan malo es el exceso de celo protector como la ausencia total del mismo. Los padres que han comenzado a interesarse por el Slow Parenting reafirman una cierta planificación del proceso educativo, cuidando siempre de que el modelo se adapte a la realidad en la que se desarrollan las vidas de sus hijos, y no viceversa. Por ello, esta nueva tendencia aspira a evitar que los hijos se conviertan en adultos antes de tiempo, una actitud digna de atención en un momento en que los medios de comunicación y el avance y la difusión de las nuevas tecnologías potencian la precocidad de los más pequeños como nunca hasta ahora había ocurrido. La realidad habla El movimiento Slow puede crear el rechazo propio de las nuevas modas, si se entiende como tal. Pero si se atiende a determinados hechos, que sirven para tomar el pulso a la sociedad moderna, las reivindicaciones de este movimiento no pueden tacharse de alarmistas. Más allá del dato publicado por un reciente estudio, que señala que aproximadamente el 10% de los niños y niñas de España sufren episodios de estrés familiar, escolar o social, hay que atender a los índices que reflejan el éxito o fracaso del sistema educativo: las tasas de abandono escolar, el porcentaje de alumnos con grados superiores de formación, los índices de delincuencia juvenil, etc. También deben contemplarse otros hechos como la estadística de consumo de alcohol y drogas en menores de edad, un dato que en España se ha disparado durante los últimos años, como demuestra el tirón del botellón entre los más jóvenes.
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