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| PABLO FERNÁNDEZ | Domingo, 14 de Marzo de 2010 | |||
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El día 1 de marzo seguramente será recordado por muchos como el día del apocaliPSis. Eso de la PS en mayúsculas tiene su aquel: son las siglas de PlayStation, y es que dicho día las consolas de Sony (las salidas antes de 2009) se pensaron que 2010 era año bisiesto, buscaron el día 29 de febrero y entonces se lío la del pulpo. El aparato se volvió loco, reinició la fecha del sistema remontándose al año 1999 y decidió que no se podía utilizar cualquier juego que necesitara la Red (la mayoría de los últimos) o que hiciera uso del sistema de trofeos. Imaginen, Internet echaba humo. Twitter, de nuevo Twitter, sirvió para mantener a los usuarios informados y los foros se convirtieron en un vomitorio dialéctico para una muchedumbre indignada (el paro es lo que tiene). Y oigan, no se piensen que me hizo gracia, que yo gusto de jugar mis partiditas después de un largo día de trabajo. Pero como no había posibilidad de consola, aproveché para redactar esta columna y divagar un poco sobre la Internet-dependencia, y no me refiero a los adictos a la Red, sino a cómo las compañías van atando sus productos a la Red de redes, tratando de ofrecer muchos más servicios que resulten interesantes al consumidor, pero, a la vez, atándose a algo que no pueden, ni de lejos, controlar. Entonces, si pago por una consola 300 euros y 60 más por un juego que resulta que requiere de Internet (y no lo necesita para poder jugar) y yo me quedo sin conexión (por la que pago un ojo de la cara, y ya hablaremos de esto) porque unos tiburones ávidos de aventuras mordisquean el cable del Atlántico, ¿a quién reclamo? ¿Podré demandar a los propios tiburones? Puede parecer una estupidez, pero tiene su moraleja: ¿no sería más fácil que Internet sea un añadido al juego como ha sido hasta ahora? ¿Por qué atarlo irremediablemente? ¡ah! Seguro que a alguno ya se le ha ocurrido la razón. Hay juegos que, pese a no necesitar Internet para absolutamente nada, no te dejan jugar si no estás conectado (seguridad dicen...); hay softwares que sólo se distribuyen vía descarga, periódicos que solamente existen en la Red de redes, bancos que operan casi en su totalidad online, y otros mil ejemplos más que se me pasan por la cabeza. ¿Estará nuestra realidad física siendo absorbida por nuestra realidad digital? ¿Hemos añadido una cosa más a la lista de posibles colapsadores de nuestra cultura? Me refiero a esos aspectos que damos por hechos, que son críticos para un «estado» y que tienen como ejemplo más claro la electricidad. Imaginen que de un día para otro no tuviésemos suministro eléctrico de manera continuada, el caos sería bastante importante y los daños económicos inimaginables. Y, pese a que es obvio que no es lo mismo, ¿que ocurriría si mañana se cae Internet en todo el mundo? Sería una prueba divertida, ¿no creen? Les dejo con eso mientras intento jugar una partida (des)conectado, que al fin y al cabo Internet sólo ha de ser una opción más entre tantas, no la única, y mucho menos por imposición.
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