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A LOS 67
JOSÉ A. HERCE | Domingo, 31 de Enero de 2010

El Gobierno, después de años, meses y semanas de argumentar que no era necesario alterar la edad legal de jubilación, acaba de aprobar que así sea. En 2013 se iniciará una particular cuenta que hará para los nacidos después de 1959 la edad legal de jubilación aumente en dos meses por cada año transcurrido hasta llegar a los sesenta y siete años. Entendámonos, en la actualidad, hay varias edades 'legales' de jubilación. Hay colectivos como los mineros o los trabajadores del mar que se jubilan legalmente antes con el cien por cien de su pensión si cumplen otros requisitos de cotización, y luego está la edad legal general de sesenta y cinco años. Por otra parte, puesto que hay casi una buena mitad de trabajadores que se jubila antes de la edad legal, la edad efectiva a la que se jubila el trabajador (o trabajadora) español medio es algo superior a los sesenta y tres años.

La medida adoptada en el último Consejo de Ministros, más allá de apoyos y rechazos, acabará teniendo plenos efectos dentro de unas décadas y logrará que la edad efectiva de jubilación de los españoles pase a ser de algo más de los sesenta y cinco años, en realidad.

Pero está muy bien, hay que decirlo, que desde el gobierno se advierta a la población de la esencia del problema de las pensiones: cada vez vivimos más (nuestra vida se alarga a razón de un trimestre por cada año transcurrido, de hecho), cada vez entramos más tarde al mercado de trabajo (a la cotización o al ahorro para la jubilación, que ambas cosas son lo mismo) y cada vez queremos salir antes. Esto, en buen álgebra vital, es insostenible a menos que aumentemos desproporcionadamente nuestro esfuerzo contributivo o nuestro ahorro.

Sin que el hecho de aumentar la edad de jubilación en sólo dos años -dado el retraso acumulado- sirva para atajar completamente la inconsistencia aludida, lo cierto es que ayuda, tanto por ser la piedra clave de cualquier iniciativa seria de reforma sustancial de las pensiones, como por el ajuste que aporta a la relación entre lo que se cotiza y lo que se recibe después en forma de pensión.

Muchos otros países han adoptado hace años esta medida, y algunas otras más que tienen en cuenta el tremendo desajuste que el envejecimiento está provocando de manera creciente en los sistemas de pensiones, por ejemplo, Suecia, Alemania o la propia, quién lo diría, Italia.

Esta medida, por otra parte, también hará aumentar las tasas de actividad de la población de cincuenta y cinco y más años, muy reducidas en la actualidad. Siempre, claro, que también se adopte un enfoque amplio e integrado contra el fenómeno de las prejubilaciones. No está el mercado de trabajo, y quien sabe si lo llegará a estar en el futuro, como para aceptar un aumento relevante de la población activa, especialmente de edades superiores a los 55 años. Este es un problema no menor, desde luego. Pero lo cierto es que a medida que madure este cambio en la edad de jubilación nuestro mercado de trabajo deberá estar en crecientes condiciones de mantener ocupados a una masa importante de trabajadores que de otra forma habrían abandonado la actividad.

No se trata de trabajadores jóvenes, recién capacitados en las últimas tecnologías ni en pleno vigor físico en muchos casos. No creo que tengamos ni el tipo de empleos, ni el tipo de empresas, ni el tipo de empresarios ni el tipo de trabajadores, en nuestro país, capaces de afrontar con éxito el formidable reto que planteará la plena integración laboral de millones de trabajadores en las condiciones antes aludidas. Y no conviene perder tiempo a la hora de crear estos perfiles.

Las políticas laborales, por si les faltaban retos, tendrán en lo sucesivo este nuevo y descomunal reto. Convendrá cambiar radicalmente nuestra mentalidad de lo que significa trabajar pasados los sesenta años en el siglo XXI. Convendrá anticipar, en muchos casos, la recualificación y reconducción laboral de los trabajadores y trabajadoras maduros, muchos de los cuales, sencillamente, no deberían seguir haciendo las mismas actividades que han venido practicando hasta entonces, por razones de salud, motivación y productividad.

Convendrá, por fin, hacer una formidable campaña ante la población, desde todos los ámbitos, para conseguir que se entienda que el llamado envejecimiento consiste, en realidad, en una excelente noticia cuando nuestra vida se alarga en mejores condiciones de salud. Pero que este regalo no nos sale gratis. Los sesenta y cinco años eran una anacronía.