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Italia, el país que quiere ser creíble
IÑIGO DOMÍNGUEZ CORRESPONSAL | Domingo, 17 de Julio de 2011

                    Berlusconi es primer ministro desde hace 10 años. ::
                         A. P.
Berlusconi es primer ministro desde hace 10 años. :: A. P.

Entre la huelga general y la nacionalización de sus minas, Italia lleva años fatal aunque nadie parecía enterarse. Padece una combinación criminal de crecimiento raquítico -en la última década, una media del 0,25% anual, sólo mejor que Haití y Zimbabwe- y una deuda pública estratosférica, su famoso 120% del PIB, llevada siempre con mucha elegancia. Una cosa lleva a la otra, porque si el Producto Interior Bruto (PIB) crece menos que los intereses, la deuda no dejará de aumentar e Italia ya pasó la barrera del 100% en 1992, en su última gran crisis. Ocupa el puesto 82 de la lista 'Doing Bussines' del Banco Mundial, detrás de potencias como Bielorrusia y Mongolia, y en la clasificación de competitividad del World Economic Forum reposa en la posición 48, tras Indonesia y Barbados. No hay visos de que mejore si no da un vuelco. Un reciente informe de Barclays Capital calcula que, a este ritmo, en 2050 seguirá igual, con el bendito 120% de deuda.

Es un secreto a voces que se trata de un enfermo crónico, pero que hasta ahora resistía lo que le echen y vivía un poco del cuento. Tiene potencial industrial, recursos y talento para la supervivencia, y eso hacía confiar en que Italia siempre se las arreglaría. Las regiones más ricas de Europa están en el norte del país, es el segundo exportador de la UE, la banca salió airosa de la crisis de 2008 y es el socio europeo que menos déficit ha acumulado, tras Alemania. Sin embargo esta semana algo ha cambiado. Sin que pasara nada, y dentro de los nervios derivados de la crisis griega, ha dejado de mantenerse el artificio y se ha derrumbado la confianza. Ha dejado de ser creíble y los mercados han ido a por ella.

Los temblores comenzaron hace un mes. El 17 de junio la agencia Moody's anunció que ponía bajo revisión la calificación de Italia. Sus motivaciones eran una letanía familiar. Era por «los desafíos al crecimiento debidos a las debilidades estructurales», y también por «los riesgos de ejecución de los planes de consolidación de las cuentas públicas». Ya el mes anterior, Standard & Poor's habría rebajado las previsiones a negativas «por el potencial atasco político que podría contribuir a una relajación en la gestión de la deuda pública y el incierto compromiso de reformas».

Es decir, las agencias no pensaban que los políticos, léase Silvio Berlusconi, fueran a ponerse en serio -tampoco este año- a hacer algo por sanear la economía italiana. Y es que 'il Cavaliere' lleva así 10 años. Llegó en 2001 con la gran promesa de modernizar y liberalizar el país, pero no ha hecho casi nada. La patronal, Confindustria, le acusó el mes pasado de haber «desperdiciado 10 años» y 'The Economist', con un juicio lapidario, le dedicó hace poco una portada tremenda; «El hombre que jodió a un país entero».

Las míticas reformas que necesita Italia son un mantra que repiten todos los políticos desde hace décadas sin que nadie mueva un dedo. El único intento de liberalización fue del Gobierno de Prodi en 2006 y, tras arduas negociaciones, obtuvo logros tan encomiables como flexibilizar el horario de las peluquerías. El corporativismo tribal, las trabas a la competencia, las infraestructuras avejentadas, el clientelismo y el parasitismo de una clase política depredadora, siguen lastrando a Italia. Esa deuda pública, única en Europa hasta el estallido de Grecia, ha sido posible por el alegre despilfarro de dinero público durante décadas. Y aún así, con servicios públicos muy deficitarios, la gente soporta la tercera presión fiscal del mundo -el 43,5% del PIB-, tras Dinamarca y Suecia.

Solución lejana

La caída en picado de Berlusconi en los últimos dos años, según crecía la convicción de que sólo piensa en sus asuntos y en sus fiestas, ha evaporado la última esperanza de una solución, pues los suyos han sido los únicos gobiernos con una mayoría absoluta sólida desde la postguerra. Su credibilidad ya es nula. No está de menos recordar que si tres de las peores lacras de la economía italiana son la evasión fiscal, la corrupción y la Mafia, el actual primer ministro ha estado imputado por los dos primeros delitos y ha tenido un capo de Cosa Nostra como mozo de cuadras en casa. Justo el pasado sábado le cayó una condena civil para indemnizar con 560 millones el soborno del juez que, en 1991, le adjudicó la editorial Mondadori. No es precisamente lo ideal en cuestión de confianza para alguien con su cargo. La actual crisis tiene que ver con el final del 'berlusconismo' porque no se sabe qué viene detrás. El panorama político es enrevesado y se teme un vacío de poder con años de inestabilidad.

La gota que ha colmado el vaso ha sido, justamente, el plan de ajuste pensado para parchear un año más las cuentas. Debía tranquilizar a los mercados, pero fue otro intento de marear la perdiz. En los dos próximos años apenas tocaba nada y dejaba todo para 2013 y 2014, es decir, para el Ejecutivo siguiente. Y, encima, dos tercios del mismo consistían en aumentar los ingresos y solo el resto eran recortes de gasto. El Gobierno seguía viviendo en la luna y pensando a corto plazo. Esta vez no coló y los mercados reaccionaron. Además, es que ni siquiera estaba claro si se iba a aprobar, pues el equipo de Berlusconi lleva más de un año paralizado, con luchas internas y al borde de la caída. El ministro de Economía, Giulio Tremonti, aparece cada vez más aislado, descrito como un aguafiestas por su rigor en las cuentas. El propio Berlusconi lo desautorizó en una entrevista, al decir que «se cree un genio» y «no juega en equipo». Por si no bastaba, el goteo constante de escándalos terminó por salpicar a Tremonti. Su mano derecha desde hace 10 años, Marco Milanese, ha sido acusado de corrupción. Que Tremonti, única referencia fiable de los mercados, estuviera a punto de dimitir fue la puntilla. Asimismo, y de forma incomprensible, Berlusconi ha estado desaparecido toda la semana, casi asustado y superado por los acontecimientos.

Cataclismo

Para entonces, el cataclismo estaba maduro. El 23 de junio la agencia Moody's había vuelto a la carga para poner bajo observación 16 grandes bancos italianos. Ese mismo día, Unicredit, primer banco italiano, registró intercambios por 600.000 millones. La especulación comenzó a hacer de las suyas. Según el 'Financial Times', los 'hedge founds' norteamericanos empezaron a apostar en masa contra la deuda pública y los bancos italianos, que están llenos de títulos de Estado de su país. Dos tercios de la deuda están en manos de ellos e inversores nacionales. El lunes fue el asalto final: la prima de riesgo se disparó e Italia se asomó por primera vez al abismo. Y ya no se trataba solo de especulación. La autoridad bursátil, que había impuesto controles rigurosos de urgencia, confirmó el martes que estaba vendiendo todo el mundo.

Sin embargo, la semana ha demostrado de nuevo que Italia resulta imprevisible. Ha pasado del pánico a aprobar en solo cinco días un severo plan de ajuste que, al final, asciende a 87.800 millones, y gracias al acuerdo entre Gobierno y oposición por el bien del país. Quien conozca Italia sabe que es un milagro, pues suele llevar meses. Servirá para anular el déficit -ahora en el 3,9%- en 2014. También se han prometido reformas que no se han hecho en una década, como privatizaciones y, otra vez, liberalizaciones.

El miedo ha servido para que Italia se despierte. Pero tal vez no sea suficiente y tiene que empezar a actuar ya en serio, porque esto no se ha acabado. La confianza en estos días viene y va, y su deuda pública sigue donde estaba. Una subida de intereses puede arrojarla al vacío.