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| MUERTE POR INANICIÓN |
| IGNACIO MARCO-GARDOQUI | Domingo, 04 de Septiembre de 2011 | |||
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La legislatura comenzó sumida en el despiste y termina consumida en el desestimiento. El Gobierno nunca captó la profundidad de la crisis y no ha tenido un criterio firme, decidido y sustentado para atacarla. Luego, cuando ya no había remedio, se ha limitado a seguir el ritmo que marcaba la orquesta europea. Con titubeos, con retraso y con una manifiesta incomodidad. Todas las actuaciones emprendidas y todas las reformas iniciadas repugnaban a Zapatero y eso se nota. Quizás demasiado. No ha dispuesto de un ideario claro, pero sí ha sido consciente en todo momento de que la salida de la crisis, la cura de la enfermedad, impone una serie de sacrificios que son desagradables e incómodos, siempre impopulares y difíciles de explicar. Si se fijan bien, todas las reformas emprendidas eran necesarias. Había que cambiar la legislación laboral y se ha hecho. Había que actualizar los usos y costumbres de la negociación colectiva y se ha hecho. Había que clarificar la situación de las cajas y reforzar las estructuras de sus balances y se ha hecho. Había que terminar con la locura gastadora de las comunidades autónomas y embridar su política de gasto y se ha hecho. Había que reformar el sistema de pensiones para garantizar su viabilidad futura y se ha hecho. El problema no ha sido la elección de los objetivos. El problema consiste en que todas las reformas se han acometido de forma tan tardía y de manera tan timorata que, hasta ahora, se han mostrado inútiles. Ni se ha creado empleo, ni se ha tranquilizado a los mercados, ni se está generando riqueza. A efectos económicos, el año está cerrado al menos en su parte pública. El Gobierno no puede acometer más reformas que las impuestas desde Europa y pactadas con la oposición. Ni Rajoy le dará árnica; ni Rubalcaba desea molestar más a su electorado. Es decir, no habrá medidas relevantes, salvo catástrofe impredecible. El revuelo acerca del aumento de la presión fiscal a «los ricos» es paradigmático. Rajoy no puede consentir que le fuercen sus decisiones futuras, pues no es lo mismo mantener el status quo de la situación actual, que eliminar las decisiones anteriores. Y, Rubalcaba no quiere que le roben protagonismo a su programa electoral, ni que le diluyan su necesario 'giro a la izquierda', si pretende sacar a su parroquia electoral de su actual letargo. Así que deambulamos hasta las elecciones con más pena que gloria. Oiremos excusas de unos y protestas de otros; pero veremos pocas acciones. Luego, si gana el PP estaremos expectantes. ¿Habrá una 'dieta Rajoy' con sorpresas y propuestas? Y, si gana Rubalcaba -primera sorpresa-, ¿aplicará sus promesas de cambio futuro o reiterará sus hechos pasados? Quién sabe. Pero eso es cosa de la siguiente legislatura. Esta ha muerto. De inanición.
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