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| INNOVA CANTABRIA | Domingo, 11 de Septiembre de 2011 | |||
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Café, maíz y cereales. Bajo su apacible aspecto exterior, tan solo algunas (malintencionadas) mentes lectoras podrían vislumbrar cualquier tipo de maldición intrínseca en estas cosechas. Sin embargo, en el continente africano, estos productos son fiel reflejo de un deficitario sistema de producción que puede amenazar la estabilidad regional en las próximas décadas si no se producen cambios. Todo ello, pese a que sus actuales cifras ofrezcan una boyante panacea económica. Éste es el caso de Burundi, donde los ingresos por las exportaciones de granos de café se han incrementado en el presente ejercicio casi en un 396% con respecto a la campaña anterior. Las cifras no engañan, las previsiones quizá sí. Según un reciente informe de la Comisión Reguladora del Café (ARFIC), en el periodo 2010-2011 el país africano obtuvo cerca de 82,8 millones dólares por la venta de su cosecha anual (23.548 toneladas), en unas cifras que contrastan ciertamente con los números del pasado año (16,7 millones / 6, 381toneladas). Pese a ello, como destaca Tara Polzer -autora del informe 'Conflict and Coffee in Burundi'- la dependencia de dinero en efectivo de la economía de Burundi, dedicada casi en exclusiva al monocultivo, y su baile de cifras entre periodos, convierten en especialmente vulnerable a su estructura económica. Rehén de los mercados En la actualidad, más del 80% de los ingresos de divisas extranjeras provienen tan solo de dos activos: el café y el tabaco. Por ello, la salud económica es rehén de los caprichos del mercado internacional. De igual modo, para Polzer la tierra de cultivo es sometida a presiones crecientes fruto de la degradación, por lo que las crisis alimenticias resultan frecuentes. Pero si en Burundi el café es súbdito de la naturaleza depredadora del Estado, en Malawi, otra industria -en este caso, la del maíz- lo es, a su vez, de las inclemencias atmosféricas. En el país africano, cerca del 40% de sus habitantes (15 millones) viven con menos de un dólar al día. ¿Los motivos? Pues, entre otros, la dependencia estratégica del país sobre el sector agrícola. Según datos de la Comunidad de Desarrollo del África Meridional (SADC), Malawi sufre un preocupante déficit de maíz (125.000 toneladas) y cereales (otras 155.000 toneladas) para la campaña en curso. Las cifras, empero, no son nuevas: ocho años antes el analista Lawrence Rubey ya había advertido -en un informe titulado "Malawi's Food Crisis: Causes and Solutions"- del crítico panorama que se avecinaba. A su juicio, la caída en los ingresos por la venta del tabaco (máxima exportación de Malawi) provocaría un efecto dominó en la taxonomía agrícola del país. De igual modo, el analista advertía de un aumento de los precios al consumo del maíz, debido a que este producto reflejaba en aquel momento un excedente «anormal» durante el período 1999-2001. Pese a las advertencias, las inundaciones de principios de 2010 provocaron la casi total aniquilación de los cultivos del país. Una pandemia, a la que se unieron los recortes de las donaciones internacionales en apoyo de los programas de asistencia agrícola, así como la decisión del Gobierno de vender su reserva nacional de alimentos. Crisis cíclicas Pese a la situación actual, nadie parece tener en cuenta estas crisis que se repiten cada cierto tiempo. No en vano, hace pocas fechas la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se frotaba las manos ante la previsión de que la cosecha de maíz de este año será en Malawi de 3,85 millones de toneladas, un 13% mayor que la del año pasado. Sin embargo, los oídos sordos de la comunidad internacional no se limitan a las miserias del cultivo de maíz en Malawi. En Túnez, la sequía de enero frustró las esperanzas de una robusta recuperación de la producción del trigo, mientas que la llamada 'primavera árabe' ha trastornado la circulación de bienes y servicios en esta región, que depende tanto de la importación de cereales. Mientras, en el África austral los precios relativamente bajos han contribuido a estabilizar la seguridad alimentaria. En Zambia se prevé una cosecha extraordinaria de maíz, pero en Sudáfrica -el productor más grande de la región- se anticipa una considerable caída de la producción respecto al año pasado, debido a que se ha sembrado menos en reacción al gran volumen de reservas y los precios bajos del maíz al momento de la siembra. A su vez, aún con las cosechas extraordinarias de 2010 y los precios en general bajos, la inseguridad alimentaria ha aumentado en el África oriental dentro de las zonas de pastoreo asoladas por la sequía. Mientras, en la parte occidental la violencia posterior a las elecciones en Costa de Marfil sigue perjudicando las condiciones económicas, en especial el comercio. Precisamente para paliar esta crisis del cereal, en países como Chad, Burkina Faso, Mali, Níger y Senegal se ha ido introduciendo en los últimos tiempos un nuevo producto dedicado a paliar la eterna debacle alimentaria que se cierne sobre el Sahel. Y no se trata de la solución más lógica -que sería una profunda renovación del sistema agrario-, sino de la introducción de un nuevo cultivo: la yuca (o mandioca). Así, a grandes males, sustitutivos aún peores.
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