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| ARTILLERÍA PESADA |
| JOSÉ A. HERCE | Domingo, 18 de Septiembre de 2011 | |||
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Todo el mundo sospecha que si Grecia deja de pagar su deuda se iniciaría una reacción en cadena de consecuencias imprevisibles para el euro, la economía europea y, en general, la economía mundial. O no. En todo caso, las apuestas son demasiado peligrosas como para no hacer nada de verdadero calado. Hay dos niveles en los que hemos venido viendo la incidencia clara del riesgo que conlleva Grecia. En primer lugar, el contagio a países en condiciones similares -aunque, eso sí lejos de ser iguales-, como Irlanda y Portugal, o bien susceptibles de estarlo, como España e Italia. En segundo lugar, las consecuencias a países y, sobre todo, entidades financieras altamente expuestas a la tenencia de bonos griegos. Este es el caso de las entidades financieras francesas y alemanas. Grecia está empotrada de lleno en el imaginario financiero europeo y no va a ser fácil quitársela de encima de cualquier manera. La confluencia de los efectos sobre economías tan grandes como la española y la italiana, y también sobre entidades tan sistémicas como los grandes bancos franceses y alemanes, provocaría un auténtico cataclismo en Europa y sumiría a la economía mundial en una recesión. Acabaría con el euro, por supuesto, por más que se sacase a Grecia del mismo en el momento en que ésta declarase el impago. No es necesario llegar a este extremo, pero tampoco nadie duda de que quienes tienen deuda griega van a tener que aceptar una importante rebaja de su valor, puede que de hasta el 50%, si no más. Estos días pasados el bono a dos años griego tenía una rentabilidad que oscilaba entre el 63% (lunes 12) y el 91% (jueves 15). Al 63%, un bono a dos años se compra por el 38% de su valor nominal, pero al 91% de rentabilidad el precio de mercado del bono baja hasta el 27,4% de su valor. Estas diferencias revelan una profunda desconfianza en la solución para la deuda helena, o, si se quiere, la casi seguridad de que Grecia devaluará su deuda sea cual sea la solución que se adopte. Por eso resulta importante concentrarse en evitar que el incendio griego se extienda a otros países y a las entidades financieras más expuestas a dicha deuda, previniendo con ello un posible recorte desordenado y consensuando con los bonistas los plazos, tipos y quita necesarios. Sobre todo, es necesario quitar presión a la caldera. Y esto es lo que logró la histórica intervención coordinada de los principales bancos centrales del mundo del pasado jueves, 15 de septiembre, simbólica fecha en la que justamente tres años antes se produjo la quiebra de Lehman Brothers. En efecto, ese día la Reserva Federal, el BCE, el Banco de Japón, el Banco de Inglaterra y el Banco Nacional Suizo decidieron inyectar liquidez en dólares en operaciones a tres meses de manera masiva para compensar la retirada de los financiadores mayoristas de las entidades europeas (fondos de pensiones americanos, fundamentalmente) y asegurar su refinanciación de cara al final del año, siempre complicada. Estas operaciones, por otra parte, equivalen a evitar la apreciación del dólar y hacen más barata la financiación de las entidades. Las soluciones que se venían barajando desde el ámbito de la gobernanza del sistema del euro siguen sobre el tablero: eurobonos, un gobierno fiscal europeo, etcétera. Pero no acababan de convencer a los inversores, pues están llenas de escollos políticos e institucionales que, además, son a medio y largo plazo. Para muestra, las primas de la deuda en Grecia y los demás países en el alero hasta el jueves 15 de septiembre. Pero el que los grandes bancos centrales (si se excluye al BNS, claro) hayan sacada por fin la artillería pesada ha sido como un bálsamo para los mercados: la rentabilidad del bono griego a dos años pasó del 91% del jueves al 53% al día siguiente, subió la Bolsa en todo el mundo y, especialmente, lo hicieron los bancos europeos liderados por los franceses y alemanes, mientras se apreciaba el euro. Ya veremos.
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