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NÚMERO PRIMO
¿ES JUSTO LO QUE COBRO?
IGNACIO MARCO-GARDOQUI | Domingo, 18 de Septiembre de 2011

Los salarios son una materia extremadamente sensible. Tanto que la inmensa mayoría de los españoles viven de ellos. Algunos consiguen ahorrar unos capitales, acumulados para completar unas pensiones futuras que se adivinan comprometidas, pero la gran mayoría tienen que estirarlos para poder llegar a fin de mes. Siendo tan importantes los sueldos, también lo es la respuesta a la eterna pregunta: ¿es justo lo que cobro? La contestación es importante, pero no sencilla. Hay quien opina que el salario debe de estar en consonancia con el esfuerzo aplicado y quien, por el contrario, piensa que no se paga la 'cantidad' de esfuerzo consentido, sino la eficacia de cara el resultado obtenido con él. La primera opción premia a la masa que se involucra poco, mientras castiga a los más preparados y más comprometidos. Por el contrario, la segunda fórmula premia a estos en perjuicio de aquellos.

En consecuencia, los sindicatos -que se ocupan de las grandes masas de trabajadores, en general empleadas por grandes empresas privadas o por colectivos dependientes de la administración- se resisten a aceptar que los salarios se individualicen en función del desempeño, pues eso dejaría sin sentido su labor representativa. Al ser colectivos tan grandes y dispares, la mejor manera de defender trabajos poco diferenciados es centralizando la negociación en esas centrales y utilizando el IPC como referencia general válida para determinar su evolución en el tiempo.

La inflación tiene una explicación como elemento de referencia, aunque carece de justificación. Desde el punto de vista del trabajador sí, pues pretende vivir con él y necesita que se acomode a la evolución alcista de los precios de tal manera que preserve su poder adquisitivo y capacidad de gasto. Pero, visto desde el lado del pagador -es decir, de la empresa que lo emplea-, el índice es un objeto extraño. El precio de las patatas o del bonobús no tiene nada que ver con su cuenta de resultados, salvo que sea una compañía productora de patatas o concesionaria del transporte urbano.

Por lo tanto, obligar a una empresa a seguir en sus salarios la evolución de algo tan ajeno como es el IPC, sin considerar su situación particular, es un completo despropósito. Lo más lógico sería fijar las remuneraciones en función del desempeño individual con una mezcla de esfuerzo y cualificación pero, como no siempre resulta posible, habría que meter en el proceso de decisión temas objetivos y particulares como la productividad, los resultados, etcétera. Ningún índice por si solo es perfecto, pero la complicación que supone alejarse de la comodidad proporcionada por el IPC queda perfectamente justificada por el respecto que concede a la real y cambiante situación de cada empresa.