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| Trabajador rico, trabajador pobre |
| TERESA VELASCO | Domingo, 18 de Septiembre de 2011 | |||
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Con solo ver las estadísticas se puede comprobar que bastantes salarios en esta España 'mileurista' -según el INE, el sueldo más frecuente es de 15.500 euros anuales, unos 1.000 euros mensuales en 14 pagas y con sus retenciones- se encuentran a años luz entre sí. Los expertos achacan esas notables diferencias a la existencia de categorías profesionales dentro de las empresas, uno de los factores de «mayor influencia» a la hora de fijar la retribución. Así, por ejemplo, si en 2009 el salario medio del sector privado en España fue de 1.858 euros mensuales, en el caso de los directivos se elevó a 7.000 euros y en el de los técnicos a 3.000 euros. Dicho en otras palabras, un directivo cobra 2,3 veces más que un técnico y 1,6 veces más que un mando intermedio. Partiendo de esta distinción, otros factores vienen a agrandar aún más las diferencias. No es lo mismo trabajar en una multinacional que en una pequeña o mediana empresa, ni en una ciudad o en otra. Como botón de muestra, un profesional cualificado de Madrid gana un 20% más que uno de Valencia, o un mismo puesto de trabajo en una empresa grande puede estar un 51% mejor remunerado que en una pequeña. Y por si fuera poco influye el sector en que el que se desempeña la actividad. Dejando al margen las retribuciones del presidente, director general o consejeros de una gran empresa -con los que las diferencias se han hecho abismales en esta crisis, incluso en crecimientos porcentuales-, áreas como las de marketing tienen mayor valoración (103.861 euros brutos anuales) que el resto, igual que la ingeniería, y entre los técnicos gana la partida el departamento comercial y la informática. Todo ello sin olvidar la casi pertinaz brecha salarial entre hombres y mujeres que, según calcula el colectivo GESTHA de técnicos de Hacienda, tardará casi una década más en devenir en una cierta equiparación. Ahora es de 5.300 euros anuales. A todos estos condicionantes se añade la propia situación económica del país y de la empresa, que no trata de igual manera a unos trabajadores que a otros. Así, por ejemplo, la 'Guía Salarial 2011' de la consultora Hays señala que el 56% de los españoles no han visto incrementado su sueldo este año, y para los que han tenido una revisión salarial las mejoras han sido «muy moderadas». Bueno, moderados también según a quién, porque si analizamos los suelos más elevados de nuestro país, que se encuentran en las empresas que cotizan en el índice bursátil Ibex-35, durante el primer semestre de este año sus consejeros y altos directivos han ganado un 16% más que en el primer semestre de 2010, alcanzando los 283,62 millones de euros. Y eso que el beneficio se ha reducido un 6,13% (19.970 millones), una diferencia que de no corregirse en lo que resta de año pagarán los accionistas. Repsol, por ejemplo, apenas lo ha mejorado (0,4% más), pero ha incrementado los pagos a su consejo un 83,5% mientras bajaba el sueldo un 1,2% a sus empleados. Uno de los informes de mayor profundidad es el realizado por el Colegio de Registradores, con la colaboración de la Asociación Española de Contabilidad y Administración de Empresas (AECA), basado en las cuentas anuales presentadas en los registros mercantiles por más de 500.000 empresas de todos los tamaños. Tras analizarlo, el catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Antonio Maroto, concluye que el gasto medio por trabajador es similar entre microempresas (24.768 euros anuales en 2010), pequeñas (27.220 euros) y medianas (30.256 euros), de modo que las diferencias vendrían por la antigüedad en el puesto y el sector donde se esté empleado. Maroto, también vicerrector de la Universidad Complutense, explica que dentro de las empresas, y con independencia de su tamaño, lo que se queda fuera del control de la negociación con los trabajadores son las retribuciones en especie, y para ello hay difícil solución. Reconoce que la diferencia salarial resulta «excesiva» mientras no existan criterios ni objetivos que la expliquen, aunque entre las pequeñas y medianas esa diferencia se reduce porque «el sentido de grupo laboral es mayor». El problema -subraya- es que ni vinculando los salarios a la productividad «serviría para poner límites», dado que se trata de un concepto difícil de catalogar y relacionar. Todo ello sin olvidar que «los convenios colectivos tienen un alcance muy limitado en las empresas». Pero tampoco permitiría su control el propio sistema financiero, señala. Precisamente en la banca el sueldo medio es dos veces y media superior a lo que se puede ganar en una 'pyme', pese a que son estas empresas las que crean riqueza. Para Maroto, esta situación «no resulta sostenible», máxime cuando se está recibiendo un respaldo económico-financiero desde los poderes públicos. Justamente el ámbito de las ayudas públicas es una de las pocas vías donde se podría actuar y fijar «un cierto control», aunque sin olvidar que al final se trata de empresas privadas que pueden tomar las decisiones que quieran. No obstante, se podrían exigir determinadas actuaciones en función del respaldo que reciban a su financiación. Este catedrático de Economía Financiera, además, considera que en el mercado laboral no solo hay una brecha salarial. El mismo calificativo se le puede dar a la diferencia actual entre trabajadores indefinidos y temporales; hombres y mujeres; grandes empresas o pequeñas. Y ninguna de estas brechas parecen estar «sustentadas en motivos racionales ni económicos». Por su parte, el profesor de Recursos Humanos de ESADE, Ceferí Soler, considera que la diferencia salarial siempre ha existido a lo largo de los tiempos, estando asociados los sueldos más elevados a los que mayor poder tienen. Ahora se han sumado aquellos que tienen el conocimiento. Tanto el salario como la retribución en especia -recuerda- fueron conceptos que surgieron de la Iglesia y el Ejército. Según él, es lo que ocurre ahora con el presidente, vicepresidente, consejeros y demás altos directivos de una empresa. Valoración «injusta» El problema es que «el poder está mal distribuido» -sostiene Soler- y existe una gran desigualdad, de modo que «no se valora de la misma manera a personas con iguales méritos laborales», lo que hace que el sistema salarial «sea injusto». En el caso de las grandes empresas, en general se han parapetado en sus consejos de administración de los que dependen las comisiones de incorporaciones a la compañía y las de retribuciones, lo que les confiere el poder de decidir quién entra y con cuánto se le retribuye. Y como argumento para explicar la diferencia salarial utilizan su disponibilidad total en horarios, vacaciones, ser persona de confianza o el compromiso con la propia firma. La conclusión del profesor es que «nadie se atreve a limitar» este poder en el mundo capitalista. La única vía que parece estar abriéndose paso es el peso de la opinión pública y la opinión de los trabajadores sobre sus directivos, con «artefactos democráticos» como la llamada 'evaluación de 360º', por la que todos los jefes son evaluados con métodos homologables. Los resultados, si se hacen públicos, pueden afectar a su consideración. Con ello, «poco a poco se democratizarán las organizaciones» y se conseguirá que «un jefe no cobre lo que quiera». Por su parte, el profesor del IESE, José Ramón Pin Arboledas, pone el énfasis en que la brecha salarial ha crecido entre 1994 y 2006 en todos los países, «y los últimos datos de la OCDE revelan que continúa la tendencia». En el caso de España, se ha agudizado por culpa del paro y de la contratación temporal, con salarios mucho más bajos pese a haber crecido por encima de la inflación. «Justo o injusto, lo cierto es que es un problema complicado», afirma este experto, para quien la solidaridad contribuye a redistribuir la renta, aunque las políticas salariales dependen directamente de la propia empresa. Y en estos momentos «lo único que parece preocuparlas es la mala imagen -la llamada responsabilidad social corporativa-, pues puede perturbar su reputación», apunta. El Gobierno, añade, poco tiene que decir aquí, salvo regular el mercado y mejorar las condiciones laborales. Llegados aquí, estos y otros expertos coinciden en que más temprano que tarde será necesario abrir el debate sobre cuál sería el abanico salarial «razonable», la eficacia económica y la solidaridad ética. Aunque lo cierto es que cuando la gente gana lo suficiente para vivir no le importa cuánto ganan sus jefes.
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