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NÚMERO PRIMO
UNA UNIÓN INDISOLUBLE
IGNACIO MARCO-GARDOQUI | Domingo, 02 de Octubre de 2011

La economía financiera y la economía real avanzan de la mano por la penosa vereda de la crisis actual, entrelazados por el vínculo indisoluble del sector inmobiliario. A las finanzas las encontramos en el origen de la crisis, las vemos en su desarrollo y aparecen en la lista de soluciones. Su foto ocupa un gran espacio en el cartel de 'se busca' que muestra por doquier a los culpables del enredo, que han hecho muy pocos amigos a lo largo de estos últimos años de zozobra.

Al sector inmobiliario le pasa exactamente lo mismo. Con una oferta desbocada y unos precios enloquecidos, contribuyeron al paroxismo que permitió engordar, hasta la morbidez, los balances de los bancos. Las hipotecas atiborraban el mercado en condiciones casi siempre absurdas y, a veces, temerarias. Se sofisticaron los mecanismos de crédito, se concedieron hipotecas a 50 años a personas que no podrían pagarlas en siglos, se sobrevaloraron los activos y se olvidaron los modos de hacer tradicionales de la banca. Al final, el proceso de titulación difuminó el riesgo, al alejar al deudor original del acreedor último.

Ahora, las finanzas y el inmobiliario se mantienen acodados, enfrentados al huracán que asuela los mercados. Los precios se han desplomado por el barranco de un mercado paralizado y castigan con dureza los balances de bancos y cajas. Su valoración se ha convertido en la clave básica para conocer su verdadero estado de salud. Mantener los precios de compra falsifica por completo su estado y no proporciona «una imagen fiel»; pero adoptar como referencia el mercado actual conduce directamente a la quiebra de la mayoría de las entidades. Quizás no tanto por culpa de las viviendas, cuya oferta en algunos lugares empieza a recibir demanda suficiente, pero sí por los suelos supuestamente edificables, y realmente inservibles.

Mientras tanto, a los ciudadanos les angustia la situación y les aplasta el peso de las hipotecas suscritas despreocupadamente cuando el empleo abundaba, el dinero fluía abundante y los tipos de interés eran bajos. En cambio, hoy, el entorno ha cambiado. Tenemos un paro insoportable y los tipos, si bien no han subido mucho, aprietan más conduciendo a algunos a la imposibilidad de honrar sus compromisos. Los 'indignados' pretenden que no se paguen; los preocupados quieren cambiar las normas, eliminar los 'suelos financieros' de las hipotecas y cambiar los modos de ejecución. Todo es comprensible, pero no todo resulta posible. Además, es necesario recordar que la introducción legal de cualquiera de estos cambios favorece a los actuales deudores pero penalizará a los futuros, pues los bancos se acomodarán a las nuevas exigencias y trasladarán sus efectos a sus clientes. De eso sí que no hay duda alguna.